Hacía muchas horas que no despegaba los codos de la mesa, y
también hacía muchas horas que estaba llorando. Mi papá permanecía firme frente
a mí, sentado. Firme, no como yo, que temblaba. Mi mamá cerca, en la cocina,
preparaba la cena. Mi papá apretaba una copa opaca en sus manos. Mi mamá
cocinaba. Yo lloraba.
Estábamos haciendo los deberes, cumpliendo con la tediosa
rutina diaria en la que mi padre me sentaba frente a él y abría los cuadernos
bajo mi pecho para que resolviera toda la tarea que traía a casa, después de
las cinco de la tarde. Pueden contar las horas desde entonces hasta la cena.
Todos los días, todas las noches.
Él intentaba hacerme razonar, que pensara por mí mismo. Él
creía que me ayudaba… Y yo creía que me torturaba. Pobrecito; sí mi papá leyera
estas líneas y las comprendiera seguro pasaría de ser un padre trabajador y
amoroso al hombre más penitente y culposo del mundo en un segundo. ¿Cuánto
influyen las intenciones en nuestras acciones? Quizás el miedo a que yo
repitiera su error de dejar los estudios lo hacía… torturarme. ¿No fue
Intencional?
De pronto, mi madre habló: “Bueno, basta, Marcelo. Ya lo
tuviste toda la tarde ahí”. Sí, ahí, llorando, mami… Lo que nunca dejo de
preguntarme es qué hizo ella, qué fue lo que dijo. En ese momento la copa que
apretaba mi padre entre sus manos voló por el aire describiendo una línea
perfectamente recta a la altura en la que estaba apoyada sobre la mesa, y
estalló justo en las manos de mi madre, que no apretaban nada. Sólo cocinaban
para nosotros. Luego, mi papá se levantó con los ojos saltones y las sienes
venosas. ¿Qué hizo ella, qué fue lo que dijo?... Papá, ¿qué es lo que te enoja
tanto?
Cuando mi padre arrinconó a mi madre y la empujó yo perdí la
noción de todo. Ya no podía verlos porque su furia de hombre los había
arrastrado hasta el lavadero. Quizás recuerdo poco porque me asfixiaba en
gritos desesperados, con las manos clavadas a la mesa, de rodillas en la silla.
Gritaba como un cordero a medio morir, casi tácita la súplica de socorro. Puedo
imaginarme con la carita roja y mojada, y la boca abierta de par en par. Puedo
escucharme todavía.
Sólo resta un recuerdo más hasta que todo se enfrió: mi mamá
tirada en el piso, con el pánico en los ojos y su valor de mujer desangrándose
por las muñecas. Y un tendedero blanco
de varillas muy delgadas sobre ella, materializando su jaula doméstica.
Y luego, el suelo tibio de la ducha. Fue la primera vez que
un baño duró todo lo que yo quise. Estuve solo un largo rato, disfrutando del
agua caliente. La memoria de mi cuerpo recordando el útero materno. Y luego
llegó ella, la única que podía estar ahí. Me dijo que mi hermanito ya estaba
durmiendo. Él por suerte sólo había escuchado todo desde el baño o desde el cuarto.
La voz de mi madre siempre fue muy dulce, y cuando intentaba calmarme no
existía vez que no lo lograra.
En ese momento se
transformó en un ángel. Lo desesperante era que sus alas estaban quemadas y sus
pies sobre el suelo. Fue mi virgen, con el vientre lleno por sorpresa y sin
permiso, obra del Dios al que amaba. Desde entonces, dejé de creer. Desde
entonces conozco el perdón, pero sobre todo conozco la sensación de nunca haber
podido otorgarlo. Jamás. Paradójico resulta saber que soy yo quien nunca perdonará
a Dios.
* * *
Asoman unas plumas blancas,
se estiran y algunas caen
flotando al vacío.
Asoman unas plumas blancas que intentan salir y alcanzar.
No
puede alcanzar al vacío.
Sólo se puede estar y no estar.
Ellas en realidad
quieren estar fuera del adentro.
Asoman unas plumas blancas, asoma toda un ala,
pero no puede traspasar esos barrotes grises de metal.
No existe en el vacío un metal más frío que éste, el que encierra
las alas.
Las alas se cierran si las encierran.
A la criatura de alas le
dijeron un día que las cosas que no se pueden son las que no se intentan.
El
metal más frío del mundo –no, del vacío–, le susurra como un espíritu, todo el
tiempo, que a veces hay cosas que ni siquiera pueden intentarse.
“A veces” repite
la criatura.
¿Quién crea una criatura con alas?
¿Quién crea una criatura
con alas de blancas plumas y álgido metal?
Ella está en–c errada por
naturaleza.
¿Quién puede ser tan cruel…
Dios?
* * *
Mi papá me dijo que no; así como estoy no voy a conseguir
trabajo. Al fin de cuentas, él tiene razón. Soy una persona irresponsable e
imprudente, y como si eso fuera poco también soy egoísta. Él me ama y quiere
ayudarme, pero no sabe.
Hoy se murió mi coneja y mis primeras lágrimas fueron de
cocodrilo. ¿Por qué? De verdad me duele. Yo la maté. La dejé durante tres días
y me fui… sin agua y sin comida. Perdóname, criaturita del cielo, yo te maté.
Lo que más me duele es que te hice sufrir... Me doy cuenta con tan solo leerme
lo ruin que sigo siendo.
Y mi papá piensa que yo no puedo conseguir un trabajo. Me
dice que me corte el pelo y deje de usar mi tapado rojo, pero lo que no entiende es que no es un capricho.
Yo no puedo trabajar, no puedo caminar por la ciudad, no puedo ir al almacén,
no puedo aprender o escuchar, no puedo hablar con las personas, no puedo ni
siquiera bañarme. Tampoco sé muy bien lo que quiero, y cuando lo tengo es
irrealizable. Yo no puedo amar y cuidar a mi conejita. Yo no puedo cortarme el pelo…
porque si me corto el pelo pareceré un hombre y entonces moriré. Eso puedo:
morir.
(“lo único real es la
muerte”)
* * *
El cabello largo, de cualquier color, sedoso y pesado. La
piel blanca, sin poros, como el agua. Los ojos negros y vivos, como dos aljibes
gemelos. La nariz que desaparezca con la luz del sol. La boca pintada de sangre
y abierta, porque a las ostras les gusta mostrar sus perlas. El cuello a la
vista, para los vampiros. Los senos como dos gotas de leche blanca, y los
pezones, las cerezas que decoran la espuma. La cintura, el valle de los polos.
Las piernas, los brazos, toman los colores de la sombra y de la luz. Otra vez
hay piel, y es en todas partes es igual, en todas partes piel de párpados. Las
manos, de dedos extendidos y afilados. Los pies, los más traslúcidos, apoyados
sobre la tierra, levantados en sus grandes curvas, pronunciados en sus lindos
huesos. Pelos suaves, claros, de miel. Lunares como estrellas de un universo
invertido. Otros huesos al borde, como si estuvieran ahí para estirar la piel y
apretar las venas ciruela. Curvas, llanuras, esquinas, recovecos, pliegues,
tensiones, flexiones, carnosidades, durezas y suavidades, colores, brillos y
sequedades. Agujeros. Y una vagina… Una vagina como la de ella, la de una sola,
y la de cualquier otra mujer.
* * *
La criatura de la que les voy a hablar no es ni hombre ni
mujer, tampoco es un animal. Es un pensamiento. Extrañamente tiene la forma de
un cuerpo humano, y aunque nunca le pregunté por qué, desde que lo conozco
tiene la cabeza calva. Es pequeño, casi podría sentarse en mis manos; y lo más
sorprendente es que su piel es completamente negra. Ni siquiera sé si es su
piel, porque es como ver una sombra corpórea. Un infinito contenido, un cuerpo
inexistente, un vacío con extremos. Hoy
cerré un ojo y me di cuenta que sólo puedo verlo con el que me quedó
abierto. Debe ser por eso que me marea mirarlo con los dos.
Es gracioso, pero me da miedo. A veces me da mucho miedo. De
noche me da muchísimo miedo. Y por las mañanas me aterra. Es un pensamiento,
una criatura abstracta, una creación, un producto del intelecto. Del mío, claro;
por eso vive acá adentro.
Hoy casi se escapa. La verdad es que casi lo dejo salir. Nos
hace mucha falta que se vaya un poco,
pero nos preocupa que puedan lastimarlo; y si lo lastiman entonces ya no
tendríamos a nadie, nos quedaríamos solas.
Lo más triste es que si se va yo podría ser un poco menos
consciente y un poco más feliz. La próxima vez que mi corazón me pateé el
pecho, sólo voy a decirle que no haga escándalo: “No hagas escándalo, no hay
problema, ya sé que está queriendo salir, no vengas corriendo a contarme como
si eso fuera tan terrible, como si nos hiciese tanto mal… Papá y mamá tienen
que verlo y saber que vive con nosotras. Papá y mamá tienen que saber que nos golpea”.
Mi corazón es otra criatura de la que voy a hablarles. En
otro momento.
____________________________________* * *
Sí. Seguro la deprimo a usted y hasta al papel en donde
yacen estas palabras. Yo intento escribir cosas un poco más felices, pero… ¿por
qué será que sólo me sale esto? Quizás debería inventar una historia de
fantasía, la que yo quiero vivir. Las fantasías son las realidades que no
podemos vivir, y quizás por eso las soñamos. Pero… ¿por qué yo vivo una
fantasía y sueño una realidad? Ese es mi gran martirio, señora.
Mayo 2013
No hay comentarios:
Publicar un comentario