viernes, 7 de junio de 2013

(Sobre la servilleta, mentirosa)

Hacía muchas horas que no despegaba los codos de la mesa, y también hacía muchas horas que estaba llorando. Mi papá permanecía firme frente a mí, sentado. Firme, no como yo, que temblaba. Mi mamá cerca, en la cocina, preparaba la cena. Mi papá apretaba una copa opaca en sus manos. Mi mamá cocinaba. Yo lloraba.
Estábamos haciendo los deberes, cumpliendo con la tediosa rutina diaria en la que mi padre me sentaba frente a él y abría los cuadernos bajo mi pecho para que resolviera toda la tarea que traía a casa, después de las cinco de la tarde. Pueden contar las horas desde entonces hasta la cena. Todos los días, todas las noches.
Él intentaba hacerme razonar, que pensara por mí mismo. Él creía que me ayudaba… Y yo creía que me torturaba. Pobrecito; sí mi papá leyera estas líneas y las comprendiera seguro pasaría de ser un padre trabajador y amoroso al hombre más penitente y culposo del mundo en un segundo. ¿Cuánto influyen las intenciones en nuestras acciones? Quizás el miedo a que yo repitiera su error de dejar los estudios lo hacía… torturarme. ¿No fue Intencional?
De pronto, mi madre habló: “Bueno, basta, Marcelo. Ya lo tuviste toda la tarde ahí”. Sí, ahí, llorando, mami… Lo que nunca dejo de preguntarme es qué hizo ella, qué fue lo que dijo. En ese momento la copa que apretaba mi padre entre sus manos voló por el aire describiendo una línea perfectamente recta a la altura en la que estaba apoyada sobre la mesa, y estalló justo en las manos de mi madre, que no apretaban nada. Sólo cocinaban para nosotros. Luego, mi papá se levantó con los ojos saltones y las sienes venosas. ¿Qué hizo ella, qué fue lo que dijo?... Papá, ¿qué es lo que te enoja tanto?
Cuando mi padre arrinconó a mi madre y la empujó yo perdí la noción de todo. Ya no podía verlos porque su furia de hombre los había arrastrado hasta el lavadero. Quizás recuerdo poco porque me asfixiaba en gritos desesperados, con las manos clavadas a la mesa, de rodillas en la silla. Gritaba como un cordero a medio morir, casi tácita la súplica de socorro. Puedo imaginarme con la carita roja y mojada, y la boca abierta de par en par. Puedo escucharme todavía.
Sólo resta un recuerdo más hasta que todo se enfrió: mi mamá tirada en el piso, con el pánico en los ojos y su valor de mujer desangrándose por las muñecas.  Y un tendedero blanco de varillas muy delgadas sobre ella, materializando su jaula doméstica.
Y luego, el suelo tibio de la ducha. Fue la primera vez que un baño duró todo lo que yo quise. Estuve solo un largo rato, disfrutando del agua caliente. La memoria de mi cuerpo recordando el útero materno. Y luego llegó ella, la única que podía estar ahí. Me dijo que mi hermanito ya estaba durmiendo. Él por suerte sólo había escuchado todo desde el baño o desde el cuarto. La voz de mi madre siempre fue muy dulce, y cuando intentaba calmarme no existía vez que no lo lograra.

 En ese momento se transformó en un ángel. Lo desesperante era que sus alas estaban quemadas y sus pies sobre el suelo. Fue mi virgen, con el vientre lleno por sorpresa y sin permiso, obra del Dios al que amaba. Desde entonces, dejé de creer. Desde entonces conozco el perdón, pero sobre todo conozco la sensación de nunca haber podido otorgarlo. Jamás. Paradójico resulta saber que soy yo quien nunca perdonará a Dios. 

* * *

Asoman unas plumas blancas, 
se estiran y algunas caen flotando al vacío. 
Asoman unas plumas blancas que intentan salir y alcanzar.
No puede alcanzar al vacío. 
Sólo se puede estar y no estar. 
Ellas en realidad quieren estar fuera del adentro. 
Asoman unas plumas blancas, asoma toda un ala, pero no puede traspasar esos barrotes grises de metal.
No existe en el vacío un metal más frío que éste, el que encierra las alas. 
Las alas se cierran si las encierran. 
A la criatura de alas le dijeron un día que las cosas que no se pueden son las que no se intentan. 
El metal más frío del mundo –no, del vacío–, le susurra como un espíritu, todo el tiempo, que a veces hay cosas que ni siquiera pueden intentarse. 
“A veces” repite la criatura.
¿Quién crea una criatura con alas? 
¿Quién crea una criatura con alas de blancas plumas y álgido metal? 
Ella está en–c errada por naturaleza. 
¿Quién puede ser tan cruel… 
Dios?

* * *

Mi papá me dijo que no; así como estoy no voy a conseguir trabajo. Al fin de cuentas, él tiene razón. Soy una persona irresponsable e imprudente, y como si eso fuera poco también soy egoísta. Él me ama y quiere ayudarme, pero no sabe.

Hoy se murió mi coneja y mis primeras lágrimas fueron de cocodrilo. ¿Por qué? De verdad me duele. Yo la maté. La dejé durante tres días y me fui… sin agua y sin comida. Perdóname, criaturita del cielo, yo te maté. Lo que más me duele es que te hice sufrir... Me doy cuenta con tan solo leerme lo ruin que sigo siendo.

Y mi papá piensa que yo no puedo conseguir un trabajo. Me dice que me corte el pelo y deje de usar mi tapado rojo, pero  lo que no entiende es que no es un capricho. Yo no puedo trabajar, no puedo caminar por la ciudad, no puedo ir al almacén, no puedo aprender o escuchar, no puedo hablar con las personas, no puedo ni siquiera bañarme. Tampoco sé muy bien lo que quiero, y cuando lo tengo es irrealizable. Yo no puedo amar y cuidar a mi conejita. Yo no puedo cortarme el pelo… porque si me corto el pelo pareceré un hombre y entonces moriré. Eso puedo: morir.
(“lo único real es la muerte”)

* * * 

El cabello largo, de cualquier color, sedoso y pesado. La piel blanca, sin poros, como el agua. Los ojos negros y vivos, como dos aljibes gemelos. La nariz que desaparezca con la luz del sol. La boca pintada de sangre y abierta, porque a las ostras les gusta mostrar sus perlas. El cuello a la vista, para los vampiros. Los senos como dos gotas de leche blanca, y los pezones, las cerezas que decoran la espuma. La cintura, el valle de los polos. Las piernas, los brazos, toman los colores de la sombra y de la luz. Otra vez hay piel, y es en todas partes es igual, en todas partes piel de párpados. Las manos, de dedos extendidos y afilados. Los pies, los más traslúcidos, apoyados sobre la tierra, levantados en sus grandes curvas, pronunciados en sus lindos huesos. Pelos suaves, claros, de miel. Lunares como estrellas de un universo invertido. Otros huesos al borde, como si estuvieran ahí para estirar la piel y apretar las venas ciruela. Curvas, llanuras, esquinas, recovecos, pliegues, tensiones, flexiones, carnosidades, durezas y suavidades, colores, brillos y sequedades. Agujeros. Y una vagina… Una vagina como la de ella, la de una sola, y la de cualquier otra mujer.

* * * 

La criatura de la que les voy a hablar no es ni hombre ni mujer, tampoco es un animal. Es un pensamiento. Extrañamente tiene la forma de un cuerpo humano, y aunque nunca le pregunté por qué, desde que lo conozco tiene la cabeza calva. Es pequeño, casi podría sentarse en mis manos; y lo más sorprendente es que su piel es completamente negra. Ni siquiera sé si es su piel, porque es como ver una sombra corpórea. Un infinito contenido, un cuerpo inexistente, un vacío con extremos. Hoy  cerré un ojo y me di cuenta que sólo puedo verlo con el que me quedó abierto. Debe ser por eso que me marea mirarlo con los dos.

Es gracioso, pero me da miedo. A veces me da mucho miedo. De noche me da muchísimo miedo. Y por las mañanas me aterra. Es un pensamiento, una criatura abstracta, una creación, un producto del intelecto. Del mío, claro; por eso vive acá adentro.

Hoy casi se escapa. La verdad es que casi lo dejo salir. Nos hace mucha falta que se vaya un  poco, pero nos preocupa que puedan lastimarlo; y si lo lastiman entonces ya no tendríamos a nadie, nos quedaríamos solas. 

Lo más triste es que si se va yo podría ser un poco menos consciente y un poco más feliz. La próxima vez que mi corazón me pateé el pecho, sólo voy a decirle que no haga escándalo: “No hagas escándalo, no hay problema, ya sé que está queriendo salir, no vengas corriendo a contarme como si eso fuera tan terrible, como si nos hiciese tanto mal… Papá y mamá tienen que verlo y saber que vive con nosotras. Papá y mamá tienen que saber  que nos golpea”.

Mi corazón es otra criatura de la que voy a hablarles. En otro momento. 

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Sí. Seguro la deprimo a usted y hasta al papel en donde yacen estas palabras. Yo intento escribir cosas un poco más felices, pero… ¿por qué será que sólo me sale esto? Quizás debería inventar una historia de fantasía, la que yo quiero vivir. Las fantasías son las realidades que no podemos vivir, y quizás por eso las soñamos. Pero… ¿por qué yo vivo una fantasía y sueño una realidad? Ese es mi gran martirio, señora. 


Mayo 2013

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