A usted le hablo. Cuidado le digo. A usted, varón. Le
pido tengo cuidado.
Tan sólo seguir
leyendo estas líneas podrían dejarlo rendido, flanqueado a mis pies. Tenga
cuidado, podría enamorarse de mí.
No diga nada, sólo aléjese.
Porque cuando quiera
acercase terminará temiendo hasta de usted mismo.
Cuidado, varón.
Cuestionarse
requiere por defecto andar caminos torcidos.
No se resbale; no caiga
rendido, flanqueado a mis pies.
A ustedes les hablo, ahora todos están advertidos.
Varones, yo no
tengo la respuesta de lo que provoco en ustedes,
pero es peligroso tener el peso de todas sus
miradas.
Cuidado, tan
sólo mirarme los haría andar el camino de cuestionarse.
Pesar me pesa a mí.
En el camino que
andan soy una rata aplastada.
Cuidado, varón. A todos ustedes.
Tengan cuidado…
tengan cuidado de mí.
¡No te muevas! No des un solo paso. Mira cuántos
colmillos, mira esas puntas afiladas. No te muevas, no pises mi corazón. Dar un
solo paso podría costarte una pierna, pero a mí el cuerpo entero.
No hace mucho tiempo, alguien muy especial intentó
mostrarme el final del círculo. Me mostró los restos de placenta que la madre
del universo no ha terminado de comerse. Me contó que su útero jamás se
marchitará, aunque a veces dé a luz cosas que parecen estar podridas. Esto
también huele muy mal. Pero sin excepción, todxs elegimos el vientre donde germinamos.
Se trata de haberme gestado en una placenta podrida, y
que mi madre no haya querido comérsela por el olor. Ella no quiere ni siquiera
verme. Y yo tampoco.
¡No te muevas! Tengo un grillete en el tobillo. Es muy pesado.
Me hace torpe, me impide caminar, pero lo más peligroso es que estas cadenas están
trenzadas con las de mi corazón.

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