Salimos. Y nos pusimos a charlar, ahí al lado de la ventana. Y entonces le digo: ¿bajamos? Dale dale dale, esperá que saludo...
(ahí Marta, pensé:
hecho raíces,
maldita la hora,
pero no fue práctico,
chaucis general).
Y emprendimos el descenso… Y charla. Y caminamos un ratito hasta que me dice: ¿está usted cansada? ¿Tiene ganas de ir a tomar algo conmigo?
(ahí Marta, pensé:
sudadera,
SU-DA-DE-RA).
Me hice un poco la…
Mmmmmmmbueno -muy soft, relax-
Digo: Que bueno... dale, dale, dale. esperá que saludo
(ahí Marta:
¿A quién?).
Y caminamos un poco más. Y vinieron todos los vendedores locales y de conurbanos a vendernos fresias
(Martita:
para mí hay una mafia
y este chico está implicado
y era una señal
de te vamos a limpiar).
¡¡POR ESO MARTA TANTA INSISTENCIA PARA QUE NO ME VAYA!! Ahora entiendo todo… Qué macana. Quizás no lo vemos nunca más y será por siempre un ‘fue bueno mientras duró’. Adiós tetillas al viento, pezones rosados. Adiós frota-frota. Me hundo en el magma.
Dejamos de caminar y nos sentamos en un restaurante, en las mesas de afuera. Idea mía.
(Y ahí, mi querida pensé:
estoy abrigada como un oso cariñoso,
con el calor que debe hacer adentro
y el -ofri- que chupa mi carita acá
voy a quedar como el testículo de Neustadt).
Además el cigarrito ameno, claro está. Pero en mi caso me agarra la rosácea, un –shock frío calor-.
Pagó la cena.
(ahí Marta pensé:
$ $
detalle).
No esperó.
Yo sí, mucho. Al colectivo. Y me fui a mi casa con el bienestar social de comprobar la permanencia de convicciones en un hombre. Quizá Marta cambie o mantenga su conducta. Quizá fantasee. Yo arrojo mis ojos a las certezas firmes. Grandes certezas. Y firmes… muy firmes.
Firmado, Marta y Berta.
-{Cómo te adoro, amiga}
