domingo, 22 de septiembre de 2013

Las Historias de Marta y Berta

Salimos. Y nos pusimos a charlar, ahí al lado de la ventana. Y entonces le digo: ¿bajamos? Dale dale dale, esperá que saludo... (ahí Marta, pensé: hecho raíces, maldita la hora, pero no fue práctico, chaucis general). Y emprendimos el descenso… Y charla. Y caminamos un ratito hasta que me dice: ¿está usted cansada? ¿Tiene ganas de ir a tomar algo conmigo? (ahí Marta, pensé: sudadera, SU-DA-DE-RA). Me hice un poco la… Mmmmmmmbueno -muy soft, relax- Digo: Que bueno... dale, dale, dale. esperá que saludo (ahí Marta: ¿A quién?). Y caminamos un poco más. Y vinieron todos los vendedores locales y de conurbanos a vendernos fresias (Martita: para mí hay una mafia y este chico está implicado y era una señal de te vamos a limpiar). ¡¡POR ESO MARTA TANTA INSISTENCIA PARA QUE NO ME VAYA!! Ahora entiendo todo… Qué macana. Quizás no lo vemos nunca más y será por siempre un ‘fue bueno mientras duró’. Adiós tetillas al viento, pezones rosados. Adiós frota-frota. Me hundo en el magma. Dejamos de caminar y nos sentamos en un restaurante, en las mesas de afuera. Idea mía. (Y ahí, mi querida pensé: estoy abrigada como un oso cariñoso, con el calor que debe hacer adentro y el -ofri- que chupa mi carita acá voy a quedar como el testículo de Neustadt). Además el cigarrito ameno, claro está. Pero en mi caso me agarra la rosácea, un –shock frío calor-. Pagó la cena. (ahí Marta pensé: $ $ detalle). No esperó. Yo sí, mucho. Al colectivo. Y me fui a mi casa con el bienestar social de comprobar la permanencia de convicciones en un hombre. Quizá Marta cambie o mantenga su conducta. Quizá fantasee. Yo arrojo mis ojos a las certezas firmes. Grandes certezas. Y firmes… muy firmes.



Firmado, Marta y Berta. 

-{Cómo te adoro, amiga}

No hay comentarios: